Bien sabemos que tiquicia es el país de las maravillas, donde la gente hacemos cosas como caminar desde Pérez Zeledón a Cartago para que una figurita de piedra quede en deuda con un@, dar el numero del celular "al aire" para "hacer amigas", hipotecar la casa para ir a Japón o Alemania a ver "la sele" perder... Pero que haya hoteles en cuyos restaurantes se vendan hasta 60 platos de $60 cada día, y le quieran pagar a sus cocineros menos que a una recepcionista, es la respuesta a parte del maravilloso crecimiento de las cadenas hoteleras y al conformismo en el que caen los profesionales en esta área, recientemente academizada en la región.
Sabemos que la carrera de Gastronomía en Costa Rica comenzó su promoción alrededor de hace diez años seguida del barismo, la batendería y la enología, como respuesta al boom turístico que nos coloca a la cabeza de la región. Con esto los inversionistas en servicios de alimentación han tomado conciencia de la importancia de tener personal capacitado en el área, no hablo de personas con cursitos de cocina, sino de profesionales, para lograr la excelencia en el manejo, la calidad y presentación del producto, pero lamentablemente no han caído en cuenta de que ese cambio en el nivel de educación del personal, que los mantiene activos en el mercado TIENE UN COSTO, y este es muy superior a los $500 que se pagan en la mayoría de restaurantes.
Volviendo a lo de la Incultura, sabemos que esta depreciación del conocimiento no es cosa de los dueños hambrientos de capital nada más, sino que es una respuesta a al menos dos cosas: la "cultura del casado" (cuanto más, mejor y ¡ojalá a 2mil!), y al error del gremio al aceptar salarios con los que no se hubieran pagado ni dos materias... La desilusión de todos lo recién graduados: es más rentable trabajar en un call center que en los servicios de alimentación.
En países más desarrollados en esta cultura, al enólogo se le ve como un iluminado, al cocinero como un maestro, al salonero como una prueba viva de la cortesía y el servicio, mientras que en tiquicia, decir cocinero evoca a soda, decir salonero es casi una verguenza y decir enólogo es escuchar: ¿un qué, perdón?
La intención de este blog no es desmotivar a los profesionales o incentivar la mediocridad, sino crear un espacio de intercambio de opiniones e instar a un cambio de mentalidad.
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